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Reflections for the week
Online Retreat Weeks
JRS Retiro online: Día 15 – Jesús Me Invita a Convertir la Aridez en Fertilidad
lunes, noviembre 15, 2010


“La mujeres no son sólo víctimas de la guerra, ya que algunos aspectos de sus experiencias las fortalecen y pueden ser utilizadas como un recurso curativo y transformador… Su papel debe ser reconocido como un recurso...”
Cuando empieces tu oración de hoy, recuerda que estás ante la presencia de Dios sagrado. Ten presente que Dios te está viendo en todo momento, y de que la ternura y el poder con que te mira. Pídele a Dios aquello que quieras a través de plegaria.

Pídele hoy a Dios que te ayude a rendirte ante el Misterio que te rodea, confiando en que el universo está en las buenas manos de Dios. Pídele que aumente tu fe en el amor radical y en la bondad de Dios, que pueden vencer todos tus temores y poner en orden tus deseos.



Caracas, 15 de noviembre de 2010 – Aridez en castellano significa resequedad, esterilidad o falta de humedad. Pero Aridez también es un nombre de mujer.

Aridez es una mujer que llegó como refugiada a Venezuela en 2003, uno de los años en los que el JRS recibió un gran número de personas que llegaban huyendo de la violencia en Colombia. Miles de testimonios de acoso, persecución y masacres de guerrillas y paramilitares eran el pan nuestro de cada día en la frontera.

Aridez llegó a Venezuela con el alma y el espíritu reseco por el trauma de la muerte de su esposo, la desaparición de su hijo mayor y de su hermana gemela. Traía a cuestas la cruz de sus dolores y a sus dos pequeños hijos. Ella era parte de una familia muy numerosa, unas cuarenta personas que también vinieron con ella. Pero se sentía sola, vacía, el único sentido que podía encontrar a su vida era la presencia de sus dos hijos.

Aridez vivía una situación muy difícil porque todos los miembros de su familia se dedicaron a ellos mismos, nadie tenía tiempo para atender al resto, y en su situación, ella necesitaba una atención especial pues tenía signos de esquizofrenia y desequilibrios mentales. La desesperación la hacía perderse en la cuidad por días, nadie sabía adonde iba en esos momentos; sus padres, ancianos de muy avanzada edad, se hacían responsables de sus hijos y decían que ella había regresado a Colombia a buscar a su hermana y a su hijo mayor.

Para acompañar esta situación, el JRS buscó ayuda psiquiátrica. Aridez no cooperaba mucho al principio, pero los medicamentos la hicieron recobrar la conciencia. También Aridez descubrió que tenía que trabajar porque ahora ya no tenía un esposo que velara por ella y sus hijos. Con su pequeño hijo de ocho años empezó a vender pescado en el mercado municipal y participó del programa de microcréditos del JRS.

Con este apoyo, ayuda psiquiátrica y participación en programas de empoderamiento para mujeres del JRS, Aridez recobró su fuerza interior y pudo alimentar y enviar a sus hijos a la escuela. Pero no solo eso, después de cuatro años, Aridez era la única de su familia que había construido una casa de bloques de cemento en un terreno que era de su propiedad, sus hijos eran los mejores en la escuela y ahora ella también se hacía cargo de sus padres. Y, aparte, su hermana tras mucho tiempo ¡milagrosamente apareció!

Los miembros del JRS teníamos que viajar con Aridez como cuatro horas cada dos semanas para visitar al médico. Durante estos viajes descubrí que es una mujer con una fe profunda y una gran calidad humana. Muy a menudo, me decía que no era ella quien estaba actuando, que era nuestro Señor Jesús quien le daba fuerzas para hacer estas cosas e incluso que Él le había devuelto las ganas de estar consciente y levantarse a trabajar todos los días.

Como Aridez, muchas mujeres refugiadas, que se forman con el JRS, se sienten invitadas y enviadas por Jesús a recobrar sus vidas, «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz.» (Lucas 8:48) y reconocen la fuerza de la fe para hacer un camino de reconciliación, sanación y perdón, así como aquella mujer que tocó a Jesús en medio de la multitud, pues veía en Él la única esperanza para sanar.

Merlys Mosquera
Asistente Directora del JRS Latinoamérica y Caribe

Dírigete a Dios como a un amigo al que habla un amigo.

Háblale a Dios sobre tu respuesta, sobre tus necesidades y sobre tus deseos más profundos.

Termina tu oración con el Padrenuestro, la plegaria que Jesús nos enseñó.



Lucas 8: 43-48

Mientras Jesús iba, la multitud lo apretaba hasta sofocarlo. Una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años y a quien nadie había podido curar, se acercó por detrás y tocó los flecos de su manto; inmediatamente cesó la hemorragia. Jesús preguntó: “¿Quién me ha tocado?”. Como todos lo negaban, Pedro y sus compañeros le dijeron: “Maestro, es la multitud que te está apretujando”. Pero Jesús respondió: “Alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza salía de mí”. Al verse descubierta, la mujer se acercó temblando, y echándose a sus pies, contó delante de todos por qué lo había tocado y cómo fue curada instantáneamente. Jesús le dijo entonces: “Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz”.